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Arsuaga: “Para escribir de la Prehistoria tienes que haber sido un salvaje. Yo sigo siéndolo”

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Juan Luis Arsuaga es uno de los paleoantropólogos más respetados y reconocidos del mundo. Ejerce como catedrático de Paleontología y ayudó a descubrir los misterios de la humanidad encerrados en Atapuerca. Él se considera, sobre todo y en esencia, un salvaje.

Reedita su primera novela. ¿Qué tal se lleva un científico con las licencias narrativas y la prosa de ficción?

Es una reedición, pero para mí este era el momento. Me empeñé en que se reeditase, porque en su momento no llegó mucho al público. Se agotó, entre los del mundo más cercano, pero no llegó al gran público. Era absurdo, porque mucha gente lo quería comprar y me lo pedía. Cuando uno cuenta una historia, quiere que llegue. La ocasión era esta, el momento me parece que es ahora. Me parece mucho mejor que antes porque ya la encuentro ajena, no me parece mía.

¿Disfruta de ella como lector?

Sí, ya no me parece mía. Yo quería que fuese una leyenda, un cuento de los que se cuentan junto al fuego. Escapar un poco del corsé que imponen las editoriales y el mundo del libro, de esa dinámica. Me llenaría de orgullo que las madres se lo contasen a sus hijos. Que sea un cuento que se cuente a sí mismo. Leyéndolo ahora, no veo al escritor. Ahora se hace mucha literatura histórica, hay cierta moda. Esto lo escribí cuando nadie escribía novela histórica. Prehistórica, en todo caso.

La Prehistoria es un período abandonado por la cultura popular y la ficción. No hay muchas obras insertadas en esa etapa.

Hay poquísimo, y todo muy malo. Para escribir de la Prehistoria tienes que haber sido un salvaje alguna vez, aunque sea de niño. No es creíble que el niño ese que no jugaba con los otros niños, que se encerraba en la biblioteca, pueda escribir un libro de la Prehistoria. Para escribir un libro de la Prehistoria tienes que ser parte de la naturaleza. La mayor parte de los escritores son urbanos, y escriben desde una habitación.

¿Usted no?

No, todo lo contrario. Todavía, creo, no estoy domesticado, no lo he estado nunca. Sigo siendo un salvaje. Si quieres, un inadaptado. Mi hogar es la naturaleza. Recuerdo un viaje de escritores de estos que organizan a veces. Nos llevaron a Zaragoza a un acto en tren, y nos preguntaron: “¿Qué habéis estado haciendo?”. Uno decía que había estado escribiendo una novela, otro que estaba leyendo a Tolstói. Yo estuve mirando por la ventanilla. Hay todo un espectáculo en la naturaleza. El tren Madrid Zaragoza es un espectáculo. Yo soy Dersu Uzala, no el autor de Dersu Uzala. Soy el niño que va mirando por la ventanilla, no el que va leyendo Anna Karenina. Yo jamás escribiría una novela en la que un escritor llega a una ciudad con mar, queda con una periodista para hacer una entrevista, y la periodista tiene tatuado un velero bergantín. Es una buena novela, al menos tiene un buen inicio. Pero ese no es mi mundo, es el de un escritor que está en un hotel. ¿Cómo una persona que piensa en estos parámetros va a escribir sobre lo que es la vida en la naturaleza? Hay algunos que dicen que van a coger setas, o que cazan. ¿Cómo vas a escribir sobre el mar si no has navegado? La Prehistoria hay que vivirla.

En la novela, la protagonista es la naturaleza. Habla de leyendas de los sabios de la tribu, y dice que casi todo es verdad. ¿Qué hay de historia en la leyenda?

Nada. Pero es todo verdad: el vestuario, los ecosistemas, el clima, y las historias que se cuentan. La mayor parte de las historias son historias de algún pueblo de la tierra. De niño devoraba historias de los pueblos primitivos, me sentía un salvaje y no encontraba gente como yo. Muchas de las historias que cuento ahí son relatos inuit, o de los aranda del desierto de Australia.

¿De dónde viene la fascinación por un período histórico tan lejano, pero al que seguimos recurriendo para entender nuestra propia naturaleza?

Nos queda muy cercano. La capa de cultura es muy fina. Nos queda aquí mismo, en la infancia. A los niños los llevas al zoo y abren los ojos como platos. Tengo el punto transgresor de los niños.

¡Y de los salvajes!

Sí, es que los niños son los salvajes. Hay que encerrarlos en un aula para domesticarlos. Hemos sido salvajes, y eso se ve. Vas a la playa y ves a los niños hurgando en la arena, en las rocas. Todo sigue ahí, la naturaleza sigue ahí. Lo destruimos, pero todo sigue ahí, lo llevamos dentro. De tanto ir al supermercado, se nos olvida. Los niños son los que disfrutan en la Casa de los Peces, los padres, los que los llevan.

¿Qué nos enseña la Prehistoria sobre nuestro presente?

Que no podemos ser esto [señala a la carretera, llena de coches] y no lo digo por las ciudades, que son bellísimas. Una cosa no es incompatible con otra, pero todo está en la Prehistoria. Ayer por la tarde me quedé sin comer, porque me fui a ver un cuadro nuevo de Caravaggio que hay en el Museo del Prado. Es que en la Prehistoria también había arte. El gusto por la belleza no nos hace más urbanos, porque ya lo tenían los de Altamira.

¿Se tiende a minusvalorar, con los ojos de hoy, el arte primitivo, o a no considerarlo arte en sí?

Me hace mucha gracia que un señor que no se mueve, que no hace nada, se considere superior a un tío que está todo el día haciendo ejercicio en plena naturaleza, que come sano, que se mueve, que distingue los cantos de los pájaros, que tiene 70 palabras para el color verde y que se adorna de arriba abajo, con tatuajes, pulseras, plumas, y que pinta bisontes en las cavernas. ¿Superiores nosotros? Superiores de qué. Si alguien cree que somos superiores es que no se ha mirado al espejo.

Plasmar la historia de hace miles de años en formato novela, ¿tiene vocación de hacerla más accesible?

No es una novela, tal y como yo lo veo. El protagonista es la naturaleza, y luego, el protagonista es el mundo. Y luego, ahí pasan cosas, hay una trama, pero es la de siempre: amor, celos, envidia, ambición. Eso ya lo conocemos.

¿Vuelve el apego a la naturaleza tras años en la burbuja del asfalto?

Se vuelve. La Prehistoria es la época en la que éramos príncipes. No porque lo fuéramos, sino porque nos sentíamos príncipes.

¿Convivíamos con el elemento, en lugar de dominarlo?

Había una armonía y un equilibrio, un respeto y una conciencia, que es la esencia del pensamiento mágico, que se puede describir simplemente como la creencia de que todo está conectado. Al mismo tiempo, eso es una verdad científica. Si alteras el orden de la naturaleza, las conexiones, los flujos, vas a ser desgraciado y vas a pagar por ello.



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